Frágiles lazos.
A veces, se me olvida.
Se me olvida que decidí dinamitar mis castillos de humo, ésos que inconscientemente insistí en levantar, aun a sabiendas de que no podía ser. Que no tenían cimientos, que intentar habitarlos era un disparate.
Y se me olvida. Y me digo que porqué no, que porqué no podría funcionar... Y, entonces, vuelvo a sorprenderme haciendo planes. Volviendo a equipar estancias, preparándolas para cuando...
Qué absurdo.
Supongo que, a veces, el deseo es tan grande... que da igual la lógica. Que no se quiere ver otra cosa que eso, que lo que se desea. Y no se quiere ver lo que se sabe real: que no hay nada. Que no puede ser porque, en realidad, nunca hubo nada.
Ó, si lo hubo... hace demasiado que no. Ó peor: que ya sólo queda lo que yo pueda sentir, querer, desear. Soñar.
Pero no quiero tener más sueños. No en esa dirección.
Y no sé cómo se hace. Cómo hacer para evitarlo. Para no tener que seguir despertando y ver que no hay nada. Ver lo que siempre he sabido, en el fondo. Lo que no pudo ocultar realmente mi empeño por edificar castillos de humo.
No hay nada porque nunca lo hubo, más allá de mí misma y de mi empeño en creerme que podría ser posible.
No hay nada. Y, por mucho que me llegue a doler, por mucho que sé que va a costarme, tengo que ir haciéndome a la idea de lo próximo que está ese momento en que deberé olvidar palabras, en que deberé tomarme en serio eso que debería convertirse en empeño. Empezar, de una vez, a romper los frágiles lazos con que me empeño en creerme unida a algo que no es para mí.



