Despertar.
Duermo.
En mi sueño, le sueño a mi lado. Sueño que duerme junto a mí. No hay más argumento, ó no recuerdo nada más. Simplemente eso: duerme a mi lado.
Abro los ojos. Es de día tras la persiana que hace más de un año dejó de poder ser subida. Las lágrimas de cristal de la lámpara hacen reflejos de luz y sombra en el techo. Los pliegues de la cortina de lino blanco siguen su propio juego de me-muestro-me-oculto. Cierro los ojos. Escucho el tictac contínuo del reloj rosa de la mesita de noche, los otros tictac más lejanos del resto de los relojes vivos de la casa, el rumor persistente de agua de la cisterna que hace tanto dejó de funcionar bien, el canario que canturrea en su jaula. Esos ruidos conocidos de mi rutina, de mi cada-mañana. Cotidianidad.
Vuelvo a abrir los ojos.
Miércoles. Estoy despierta, es de día.
Y, de pronto y como una revelación y por un instante, una verdad. De ésas que sólo se tienen así, tras el sueño. Una idea: Que si eso que, de tan intangible se cree a ratos mentira, eso que llamamos Felicidad, tuviese cuerpo y tacto, éste no podría ser distinto al recuerdo reciente y tibio de su piel en mis labios y en la yema de mis dedos.
Miércoles. No sueño ya. Estoy despierta. En la cama, me giro apenas.
Le miro.
Y duerme a mi lado.






fenicia dijo
Un abrazo Bruxi.
Feni
18 Noviembre 2011 | 04:32 PM