Dormida en sueños.
No sé en qué momento me he quedado dormida en el sofá. Ni porqué.
No tengo razones para estar cansada, no he madrugado en exceso. Me duele un poco la garganta: igual es eso, igual empiezo a incubar algún tipo de virus. No lo sé. Pero sé que es temprano para dormir...
Sueño. Sé que sueño, aunque todo me parece de pronto muy real. Estoy tumbada en el sofá, arrebujada en la manta azul de punto. Me acompañan las voces mil veces escuchadas de la tele: mismas voces en diferentes rostros, dobladores de teleseries americanas. Me sueño entre sueños, ocupando apenas algo más de la mitad de sofá; me sueño semidormida y creo real este sueño...
Le noto a mi lado.
Quizá porque el sofá en sueños es más grande de lo que realmente sé que es. Ó porque yo, de pronto, soy más pequeña. Le noto a mi lado, en la otra mitad del sofá azul. Está ahí. Quizá durmiendo conmigo, quizá mirando la tele, quizá... no lo sé. Le noto entre sueños y sé que es él.
Por un momento, su mano roza la mía y entrelazo mis dedos entre los suyos. Y sé que es él, aunque no le vea, semidormida. Y es esa tranquilidad de saber que todo está bien. Y no me sorprende que, de pronto, esté ahí, a mi lado mientras duermo a deshoras, antes de las doce de la noche, en este lunes que parece un viernes y que antecede a un martes con alma de domingo. Mis dedos reconocen su mano y la piel de mis piernas saben que es su piel lo que tocan.
Duermo. Vuelvo a caer en el sueño sin imágenes, sin reflejos. Palabras sueltas susurradas desde el volumen del televisor, que sé voy bajando en instantes de duermevela, como cada noche. Duermo y no sé en qué momento sus dedos dejaron de atrapar los míos, que los echan de menos cuando en mi sueño vuelvo a semidespertar.
Adormecida, dentro de mi sueño. Preguntándome cómo me he podido quedar dormida a su lado, en qué momento. Diciéndome que tengo que incorporarme hasta él y abrazarle, ahora que puedo y que estamos solos, porque para eso está a mi lado y porque eso es lo que quiero hacer. No seguir durmiendo, esto tan básico que puedo hacer perfectamente estando sola. Que no tengo otro remedio que hacer cuando estoy sola y quisiera estar a su lado, dormir para mientras no echarle de menos...
Sigo notándole a mi lado. Está ahí. En los volúmenes extraños de los sueños, en mi sofá hay espacio para ambos.
Mis dedos tienen aún el calor y el tacto de los suyos.
Vuelvo a dormir, me caigo en el abismo de esto que, quizá, sea un inicio de fiebre. Oigo lejano el sonido de la sintonía de la teleserie nocturna, noto difuso el sonido de su voz que ni siquiera necesito saber qué dice.
Despierto en mi sueño. No está. No está, pero sé que está, en algún sitio.
Me pregunto de nuevo cómo he podido dormirme, sin más, estando él a mi lado. No está, ya no está.
Simplemente, deduzco que está en la cama. Y sé que es allí donde debo ir. Apagar el televisor y trasladarme hasta la cama. Para seguir durmiendo, si él ya duerme y no despertarle: le recuerdo cansado hace unas horas. No soy capaz de recordar, en cambio, cómo ha llegado hasta mi casa..., pero tampoco eso me inquieta.
Ir con él. Besarle si está dormido y no despertarle, mirarle dormir hasta dormir yo también con esa sensación de que todo está bien...
Vuelvo a dormir dentro de mi sueño. Las voces de la televisión son, ahora, de una teleserie española.
Despierto. No dentro de mi sueño: despierto en la realidad.
No está a mi lado. Por supuesto que no está. No ha estado en ningún momento. Aunque yo tenga tan reciente el recuerdo de su cuerpo a mi lado, aunque el sueño dentro del sueño haya sido tan vívido que aún esté el recuerdo del volumen de sus dedos marcado entre los de mi mano izquierda.
No está. Y sé que tampoco está esperándome ni está dormido en mi cama. Simplemente, no está ni ha estado conmigo.
Y ya no soy capaz de volver a dormir. Termino de ver la teleserie, noto real el malestar de la garganta, me sobra la manta de punto ó me sobra la camiseta gris. Me centro en todo lo que me sobra para no pensar en lo que me falta. Y me refugio en el recuerdo del sueño, tan vivo.
Tanto que incluso ahora, horas después, aun dudo si no fue verdad. Porque si cierro los ojos, aún soy capaz de notarle en mi piel. De recordar como, en algún momento, sentí que me acariciaba, creyendo él también que estaba dormida.





fenicia dijo
Que hermoso lo cuentas!!! y es que es cierto,que hay suelños que no sabemos luego si lo son,porque parecen tan reales...
Besos
6 Diciembre 2011 | 12:39 PM