Cansancio.
Cansada.
Cansada en algo que no es sólo fatiga física. Cansancio que me hace quedar dormida antes de la medianoche, cosa completamente inusual en mí. Cansancio que me hace despertar a medianoche, de puro cansada, y que me hace conciliar el sueño mal y que me trae malos sueños, sueños sin sentido, sin casi imágenes.
Cansancio que, a veces, se parece demasiado al miedo. Miedo a la nada, al vacío. Vértigo cósmico, vértigo de mirar hacia atrás y ver que no queda nada. De mirar hacia adelante y no ver tampoco nada: no una meta, no un futuro.
Me siento muy cansada. De demasiadas cosas.
No es normal que hace una semana, el sábado pasado, cuando debería sentirme feliz, agusto... satisfecha por los últimos acontecimientos en mi vida... de pronto, me sorprendiera llorando a mediamañana. Llorando encogida sobre mí misma, en el sofá. Llorando sin saber qué hacer para no sentirme así de mal. No, no era normal. Eché la culpa a los estrógenos: esos puñeteros que me asaltan por sorpresa y me controlan. Pero... Lloré hasta cansarme, y cansada pasé el resto del día, cansada fuí a comprar por la tarde. Cansada me quedé dormida en el sofá...
No es normal que volviera a pasarme algo similar el martes. Que, de repente, me sintiera tan y tan mal. Que ni el café, ni el intentar escribir, leer, quitar las hojas secas a los geraneos, repasar recuerdos, frases, intentar hacer algún plan inmediato, planchar, tumbarme de nuevo..., que nada de eso me quitase esa sensación de congoja. Y, otra vez, el miedo. Un miedo que no fue, sólo, el pequeño susto que me dió mi propio cuerpo..., nad, algo que a una semana vista me parece una soberana tontería, pero que me asustó durante horas... Pero no era eso, no era sólo eso... y lo sabía. Y lo supe. Y ya ni siquiera podía echarle la culpa a los estrógenos, ya no... Y..., no sé. Ni siquiera estoy segura de que terminar hablando por teléfono, una conversación nocturna, otra más, otra de ésas que ahora sé que cada vez serán menos... porque también eso lo sé... no estoy segura de que realmente me devolviera la tranquilidad...
No estoy bien. Las cosas no van bien.
Me deshago en lágrimas a la primera ocasión en que me quedo sola.
Y tampoco estoy segura de que sea, sólo, la proximidad de las Navidades.
Quizá sea, simplemente, que empiezo a estar cansada de fingir que todo va bien. Que estoy cansada de seguir fingiendo que me creo lo que sé que son mentiras. Mentiras acumuladas. Mentiras ajenas que me pesan, porque no sé bien en qué momento decidí aparentar que las creía..., ó, peor: no sé en qué momento decidí que eran verdades y que mi sexto sentido estaba, esta vez, equivocado.
Las cosas no van bien, no. Y sé que cuando se llega a algunos extremos ya no es posible otra solución que el corte drástico.
Y me da miedo. También eso me da miedo.
No sé. Igual todo esto no tiene ningún sentido. Igual, simplemente, es que el eclipse de luna que no me dejaron ver las nubes y la niebla me ha afectado más de la cuenta.
Simplemente eso.





cata dijo
Brux, no sé... pero hay especialistas cualificados que seguro te sacarán de ese agujero negro del que te es difícil salir y sobretodo te allanarán el camino para que puedas comprender el porque de tanta angustia... Para eso están, y hay que acudir a ellos para mejorar la propia calidad de vida.
Besos, amiga
12 Diciembre 2011 | 05:30 AM