Eso que, dicen, no puede doler.
Sigo sumida en el absurdo que me rodea.
Dos semanas para el fin de este año raro. Trece días, para ser exactos: el día uno de enero será el domingo de dentro de dos semanas. Esto es: sólo queda un domingo más.
Da igual.
Intento curar las recientes heridas de mi corazón, pero no tengo tiritas tan suaves como para que no me duela el contacto, ni tan resistentes para que aguanten la humedad de las lágrimas y el roce contínuo de la realidad.
Debería cambiar de vida, radicalmente, y tener ese objetivo como primordial: proyecto y propósito de Año Nuevo. Pero no sé por donde empezar.
Además, tengo aún demasiadas historias a medio terminar, a medio empezar, a medias de todo. Historias que, en algún caso, hasta llego a pensar que sólo existen en mi imaginación, que sólo han sido fruto de mis deseos de que ocurrieran. No sé.
Termino una semana complicada. Una semana que empezó hasta casi bien, como casi bien empezó este último mes del año.
Pero que no ha terminado bien, la semana. Y, me temo, sólo está avisando de cómo terminará el año.
Me duele el corazón, ese músculo que ya sé que no duele. Que dicen que no es posible que duela, que es médicamente imposible, que estamos diseñados para que en determinados sitios no exista el dolor y que eso sea precisamente para que podamos sobrevivir.
El corazón, dicen, no duele. Pero éste, que es el mío, contradice. Y duele.





fenicia dijo
Ojalá que la semana comience méjor de lo que crees y el año y que vayas sintiendo que el corazón(que si que duele,lo se)vaya dejando de dolerte.
Recibe mi abrazo,mi cariño y una sonrisa.
18 Diciembre 2011 | 04:55 PM