A siete días y unas horas.
Una semana.
Eso es lo que falta para terminar este año. Una semana. Siete días completos, más lo que falta del día de hoy, ya apenas unas horas.
Una semana navideña. Días llenos de 'eso' que tan poquito me gusta y que es la Navidad. Eso que nunca he llegado a entender del todo.
Hace años desistí y dejé de intentar encontrar el 'Espíritu Navideño' ése de que tanto hablan en televisión, en revistas, en spots publicitarios. Lo cambié, el supuesto espíritu, por la fiebre consumista que mi economía, más ó menos, me permitía tener. Imbuirme de 'navidades' sin, al llegar los extractos bancarios de enero, ponerme a temblar... al ver el descenso en el saldo. Igual porque tenía la tranquilidad de haber recuperado la 'inversión' antes del verano... sin dejar, esos meses, de gastar moderadamente...
Pero ya no hay opciones para ese tipo de 'sustituciones'. No hay ni Espíritu Navideño ni saldo en cuenta para comprarlo. Y, posiblemente, ni siquiera tendría ganas suficientes de gastar y comprar... si pudiese hacerlo.
Hastío. Igual la palabra justa sea esa: hastío.
Una semana, pues, para terminar este año extraño.
Año oscuro en que apenas unos destellos de luz lo han hecho destacar. Del que me quedaré unas imágenes, eso sí, muy claras. Fotografías mentales, bien grabadas. Esos momentos de luz que, en algún caso, se produjeron a oscuras... pero que fueron luz.
Luz que se quedará ahí, grabandome en el alma los que, posiblemente, sean los únicos recuerdos que quiera tener de este año que, como todos, se va.
Y que se llevará consigo algunas cosas, como todos. Incluso, esta vez, alguna que quisera saber cómo hacer para no perderla. Para llevarla conmigo en ese año, bisiesto, par y olímpico, que se asomará dentro de siete días y unas horas.



