Planes inútiles, bálsamo de vainilla, pompas de jabón.
Mi último bálsamo labial es dulce. En la cajita metálica dice que es de "vainilla y especias". Sí: sabe a vainilla. Ignoro cuales serán las especias. Lo deslizo sobre mis labios con el índice, arriba y abajo, los froto entre sí. Brilla. Los rozo con la punta de la lengua. Es dulce. Vainilla y algo más que a mí me sabe a azúcar.
A veces, me sorprendo haciendo planes. Supongo que han sido tantos, tantos días, tantas veces... que ya lo hago por simple instinto. Como lo de saborear el bálsamo labial, aun sabiendo que no es bueno hacerlo, que deberé ponerme más si me lo como, porque sino nunca conseguiré tener los labios protegidos. Hago planes por instinto, probablemente el instinto que en otras cosas me sirve para seguir avanzando, para seguir viva a base de sobrevivir. Aunque sepa que es absurdo; hacer planes, me refiero. Que ya da igual, que en realidad siempre dió igual. Me sorprendo haciendo planes, y ese sorprenderme a mí misma es como si lo hiciera a otra. A alguien a quien me gustaría coger por los hombros y sacudir suavemente, para hacerle reaccionar de una maldita vez y que deje de perder el tiempo.
Que despierte y reaccione, siquiera un momento. Aun sabiendo que no servirá de nada... y que, tal vez por instinto, seguirá planificando cosas que sabe que no podrán ser...
Planes firmes y estables, adultos, que creía tan seguros... como si estuviesen guardados en envases al vacío. Hacerlos era envasarlos: estaban previstos para ese momento, para esa fecha, para esa circunstancia. Y, cuando se deshacían ante mis ojos... descubría que el envase no era tan sólido: lo que creí plástico resistente no era sino vidrio. Y pronto, el vidrio se convirtió en cristal: frágil, quebradizo. Más fragil que los propios planes: quizás era la solidez de éstos, la convicción con que los hacía lo que rompía el 'envoltorio'.
Al final, ni siquiera era cristal. No eran más que pompas de jabón. Y el roce simple de una mota de polvo en el aire las quebraba. Planes en pompas de jabón flotando un instante, brillando en la luz, saltando en mil pedazos invisibles sobre mí.
Da igual.
Mi último capricho ha sido este bálsamo labial. Edición limitada y, al parecer, navideña. Hace una semana tenía los labios heridos: el aire, el frío, mi propia desidia, el inflar globos para una fiesta navideña que no iba conmigo. Hoy ya no. Deslizo los dedos, arriba y abajo. Froto los labios entre sí. Saboreo el dulzor de azúcar: vainilla y especias, dice la cajita redonda, metálica y amarilla.
Dulzor y sabor en mis labios que nadie más conocerá. Lo sé.
Hago planes por instinto, froto por instinto mis labios entre sí. Sé que ninguna de las dos cosas sirve para nada. Es más: ni siquiera me hace bien, y lo sé.
Pero no puedo evitar hacerlo. Igual es que para recuperar la realidad tengo que seguir engañándome, fingir que creo que aún es posible que algún plan se cumpla. Que lo que sé son mentiras, muchas mentiras... igual no es así. Que el engaño es el mío al decirme eso.
Que no es sinténtico el sabor a vainilla en mis labios. Que aún es posible que alguien más pueda probar este sabor en ellos.
Mentirme para seguir haciendo planes. Planes que no podrán ser, como siempre. Como sólo pueden ser las cosas que se guardan en pompas de jabón.



