El año del verano casi eterno.
Fin de año.
Termino, no sé si decir que 'por fin' un año raro. Un año que se diría pasó en un suspiro... ó igual no tan rápido. La verdad es que si me paro a pensarlo, es cierto que según se cumple 'edad' los años pasan más veloces. Mejor dicho: dejando la sensación de que pasaron cada vez más rápido... aunque seguro que no fue así...
El tiempo, que es relativo.
Si tuviese que definir/resumir este año... seguro que la mejor descripción es que ha sido mi año de los 'aplazamientos sucesivos'. En varios asuntos, pero en uno primordial. Aplazamientos sucesivos y conversaciones nocturnas, a veintitantos kilómetros y un río de distancia. Desde principios de año... hasta ayer mismo.
Da igual. Se termina el año y todo eso queda ahí, y queda aquí, mencionado en este blog. Donde ni siquiera he llegado a dedicar una 'categoría' independiente a todo eso. Supongo que porque no quería 'catalogar' nada, no algo que era parte de mi vida cotidiana, que se entrelazaba con ella. Ó que yo me empeñaba en verlo así, como algo parte de mi vida. No sé, ya no estoy segura de nada. Se termina el año y ya está.
No he hecho planes para este próximo año. Ninguno. En realidad, es como si este fin de año me hubiese pillado por sorpresa, como si se hubiera ido acercando de puntillas... para, de repente, aparecer a mi lado. Y pillándome con las tareas sin terminar. No, no he hecho planes. No puedo hacerlos cuando salgo de un año donde todo ha sido, casi, provisional. Donde tantas cosas eran simplemente 'planes', y luego tocaba improvisar sobre la marcha para 'rellenar' el tiempo que los planes fallidos siempre dejan libre. Fin de contratos, renovación de subsidios de desempleo (todo esto, sumiendo ya definitivamente mi economía en el más inabarcable desastre, en un hoyo de donde no creo que pueda salir... al menos, en este año próximo), empleos provisionales y en precario, economía de mera supervivencia... Un mes tras otro.
De todo este desastre sólo puedo salvar algo: la gente que he ido conociendo. Al final, es lo único que queda de algunas cosas. Eso y alguna foto...
Pero no, no puedo hacer planes. Ni puedo ni debo...
Igual empezar los años, realmente, en septiembre... es una ayuda en estos casos. Ahora simplemente cambio de calendario. Hago una pequeña pausa vacacional (el lunes ya regreso a mi trabajo en el sótano), convierto en un desastre por unos días cualquier tipo de rutina alimentaria, me abono al chandal como vestimenta, redescubro que da el sol de pleno en mi casa orientada al sur. Y..., y no, este año no hago recapitulación de nada.
Igual porque lo que más me importa de este año cae de lleno en el apartado de los sentimientos. Y en estos momentos... pues no, no me apetece nada recapitular...
Ni siquiera rescatar del 'borrador' algún post pre-preparado para esta ocasión. Mejor no. Hoy no y, seguramente, tampoco nunca.
Termino el post mientras se seca el esmalte 'rápido' de mis uñas. Un extraño color marrón-grisáceo-perlado en unas uñas cortas. Escribo envuelta en el albornoz rosa, el pelo recogido en un moño prieto con una enorme pinza metálica. Este año cruzo el río por unas horas, eso que suelo relacionar sólo con la rutina laboral. Paso en Madrid capital el tránsito de un año al otro. En la cocina tengo envasado en tuppers los canapés y esas cosas que trasladaré para la cena familiar. También la tarta de cumpleaños. Nata y piñones. Tras tantos años probando modalidades 'originales' de tarta, el pasado año volví a los piñones. Tarta clásica. Tarta que, de nuevo, me devuelve a las tartas de mi infancia... Soy la única de mi familia que sigue comprando una tarta por su cumpleaños. Soy la única de mi familia... y, casi, de la mucha gente que conozco y he conocido que nunca ha podido celebrar su cumpleaños con normalidad. Ya me da igual. Casi preferiría poder ignorar este día, camuflarlo y camuflarme entre uvas y confetti y repetidos deseos de felicidad. Pero sigo comprando una tarta y sigo apagando de un sólo soplido todas las velas.
Y pediré un deseo. Seguro. Aunque no sé cual.
Porque este año que se termina también me ha confirmado que, a veces, parece que los deseos se cumplen. Pero no: sólo lo parece. Al final la realidad se impone. Y los oasis nunca dejan de ser espejismos en el desierto, cuando se tiene mucha sed. Y los deseos cumplidos son de hielo y humo, y desaparecen en el sol.
Y este año que termina ha sido, también, el año del verano casi eterno.
Feliz bisiesto y olímpico 2012.



