Dormir, sin más.
Hoy necesito dormir. Dormir, a poder ser, sin sueños. Taparme con la sábana de satén y la manta blanca, en este dormitorio donde nunca hace frío, abrazarme a la almohada casi incorpórea, cerrar los ojos fuerte. Dormir. Dormir durante horas, uno de esos sueños pesados donde no hay sueños. Ó donde, como en los sueños de fiebre de los niños, los sueños se desvanecen al despertar sin dejar imágenes.
Dormir, aunque ni descanse con ello. Dormir para no pensar, para no querer hacer otras cosas. Simplemente eso: dormir.
Dormir para que no duelan los pedacitos astillados de eso que creí era un corazón, porque lo llamaba así. Dormir para anestesiarlo, para que cicatrice solo, en sueños.
Dormir. Con el recuerdo, si pudiese elegir uno, del precioso crepúsculo de sol invernal, sol de viernes, crepúsculo en el cielo de Madrid...que la soledad y esta tarde me han regalado por sorpresa.
Dormir. Y que se termine de una vez esta semana desastrosa, deprimente, que quisiera poder olvidar ya que sé que es imposible reparar, salvar algo de ella, en estos dos últimos días que quedan.
Que aun quedan de ella.



