Olvidar que le quiero.
A veces, me sorprendo haciendo planes. Pero es eso: sorpresa. Me veo a mí misma y me acerco despacio, como se pilla a la niña que roba caramelos antes de comer, de la lata escondida en el último estante de la cocina. Me veo haciendo planes, esos planes que no... que sé que no pueden ser. Y los borro de mi mente.
No: no los borro. Se quedan ahí, en ese apartado que todos tenemos para los sueños, para los proyectos imposibles. Esos que, dicen, también ayudan a evadirse unos instantes de la realidad. Esos tipo 'lo que haría si me tocase el premio Gordo de la Lotería'. Esos. Aunque estos planes que elimino porque no tengo derecho a hacer, son de otro tipo. Son de ese tipo de planes accesibles... pero que yo ya sé que no. Que no tengo acceso a algunas cosas, por simples que parezcan. Supongo que porque no son tan simples. Ó porque, como digo tantas veces, porque hay cosas que no merezco, sin más.
Sé cual era, en realidad, mi miedo de estos días extraños. Sé qué era esa pesadilla que me hacía despertar de golpe y que me hacía ahogar en lágrimas. En realidad, creo que lo supe desde el primer instante, porque no es sino 'ese' miedo.
Y si un día fue el miedo a no conseguir, ó a perder, ó... ó qué sé yo, hoy en día no es sino una evidencia. Ya no puedo perder, porque ya no lo tengo. Simplemente. Aunque, a veces e inconscientemente, me diga otra cosa. Y es entonces cuando no controlo la fantasía, y hago planes. Planes muy básicos, en realidad: ni siquiera fuí nunca capaz de imaginar grandes proyectos. Supongo que porque me conformaba con poco, porque me habría conformado con cualquier cosa, con cualquier detalle pequeño... Porque la vida me ha ido enseñando eso que digo a veces: no tengo derecho a algunas cosas. Y, cuando he creido lo contrario, y que igual quienes me recriminan por no quererme y pensar así, y entonces me he confiado, y..., al final, todo ha vuelto a su cauce normal. Arrastrándome en ese retorno. Porque no se puede remar mucho tiempo contra corriente, ni creer que las playas se pueden fabricar cubriendo de arena donde antes se extendió asfalto: el viento se llevará la arena reseca y el alquitrán quemará los pies.
Evidencias.
Al final, siempre es así. Sé que iré cediendo, poco a poco, y voy cediendo. Ceder uno poco para no perderlo todo, renunciar a alguna apetencia, para conservar... qué sé yo, el derecho a tener siquiera unos instantes. Tenerle unos instantes. Pero también sé, siempre lo he sabido, que llega un momento en que ya no queda nada. Se ha cedido tanto, tanto... que ya no queda nada más. Sólo el deseo íntimo y propio, la necesidad de lo que ya no se tiene ni se tendrá nunca.
Ya no. Y lo sé, lo sé desde hace tiempo, por mucho que me haya empeñado en hacer planes, en creer en treguas, en aplazar, en... En esperar. Simplemente eso: esperar.
Lo que sé que nunca podré dejar de hacer. Esperar. Aunque ya no sé qué estoy esperando, la verdad.
Pero me sorprendo haciendo planes, pensado en días más largos, en noches cortas, en que mis dedos vuelvan a reconocer lo que ya conocen, en descubrir cosas nuevas ó descubrir que recuerdo el camino con los ojos cerrados. Planes de cosas que no han llegado a poder ser, planes de cosas deseadas y aplazadas en un tiempo en que llegué a creer eso, que tenía por delante todo el tiempo del mundo. Que para qué prisas, que porqué no recrearse en ese instante en cada uno de esos centímetros concretos de su piel, si ya tendría tiempo para más, otro día...
Me sorprendo haciendo esos planes, planes que sé absurdo hacer, planes de lo imposible.
Porque, sí: para eso también tengo el resto de mi vida. Todo el tiempo del mundo. Pero no sé si me apetece tenerlo. Ni sé si me será bastante, si me bastará todo ese tiempo, para conseguir asimilar que, otra vez, vuelvo a perder lo que llegué a soñar al alcance de mis dedos. Perder, otra vez y como el castigo bíblico, mitológico, que se repite una y otra y otra vez, eso a lo que no tengo derecho por mucho que lo desee, por mucho que me empeñe, por mucho que me importe.
Tengo todo el tiempo del mundo, también y ahora, para intentar siquiera olvidar que le quiero.
Y nunca sabrá cuanto.
Aunque también sé que esas cosas, como yo misma, no le interesan. Ni le importan.




bird dijo
Pues sí, odio esa frase: "porque hay cosas que no merezco." Te estas recreando en tu dolor. Lo entiendo pero no lo comparto. Que el dolor es lo único que te queda ya de él, o al menos lo más voluminoso? Te creo. Pero tienes que cerrar la puerta y buscar nuevas puertas y ventanas Brux!! Tengo muy claro que no es fácil, y que hay retrocesos, pero pasito a pasito en la buena dirección con el convencimiento de "merecer"!! se llega lejos. La vida es a veces decepcionante, muuuuchas veces, pero cuando una realidad es decepcionante, en lugar de emperrarse a detallar lo decepcionante que es, hay que buscar otras realidades. Eso es todo. Como decían el La princesa prometida. "I'm just going to have to find myself a new giant, that's all". Tú MERECES Brux, y que la realidad y las personas sean a veces decepcionantes, no significa que tú no merezcas, significa que tienes que seguir buscando! Ea! Besines...
22 Enero 2012 | 01:35 PM