Viernes, trasbordos, infusiones...
Último viernes de enero. Semana larga y rara, semana que se termina; semana que, al mirar hacia el lunes, veo que al final pasó tan veloz como todas. Cumplir años acelera el paso del tiempo y ralentiza los segundos mientras pasan. Tiempo, tan relativo siempre...
Cuatro...¿cinco?, no: cuatro cafés. Dos sola, dos en compañía. El café no me desvela; tengo sueño, sé que tengo sueño aunque no lo sienta. Ó... casi debería precisar: tengo necesidad de dormir. Dormirme. A veces siento que mi deseo sería poder dormir en esos momentos en que no estoy pasando el tiempo sumida en rutinas: desplazamientos hasta mi lugar de trabajo, horas eternas en ese sótano que cada vez me parece más insalubre, sensación de pérdida de tiempo. Con sueldo, sí, pero pérdida de tiempo al fin y al cabo. Qué desperdicio de días, de horas, de oportunidades. Qué desperdicio de años. Qué desperdicio de vida, de mi propia e irrepetible e irrecuperable vida.
Proyectos que no llevaré a cabo: hace semanas decidí que debía volver a escribir. Escribir como lo hice durante años. Volver a esas novelas de las que no conservo sino páginas sueltas, cuadernos que eran capítulos centrales, hojas-borrador. Prestaba las cosas... y luego no volvían a mis manos. Amigas que se lo dejaban a amigas ajenas a mí, amigas de las que perdí la pista hace siglos. Apenas si conservo eso de mi 'producción literaria': retazos.
Había decidido volver a escribir... pero ni siquiera algo tan simple me parece factible. Quizá sea la edad, pero eso de ir escribiendo en un cuaderno que traslade en el bolso..., no sé. Algo que entonces era 'lo normal'... ahora ya no me motiva. Tengo un netbook que no empleo para nada: no me puedo permitir una conexión 'portatil' a internet, por ejemplo...
Había decidido volver a escribir... pero, igual, es que ni sé sobre qué quiero hacerlo y, por eso, me invento obstáculos...
Algunas evidencias siguen ahí. A ratos..., por instantes, intento cambiar de idea, mirar desde otro lado, repetirme hasta que me suene creible que no tengo razón... Pero sé que la tengo, que la tuvo mi intuición y la corroboró eso que no creí nunca que fuese un 'sexto sentido' femenino. Evidencias. Evidencias que no por serlo dejan de doler, dolor inevitable, alfileres de hielo en el corazón.
Evidencias en que no quiero pensar, para qué, sino podré cambiar nada. Ya no. Si en algún momento hubo alguna oportunidad, sé que ya no la hay.
Ni la habrá. La evidencia mayor es ésa. Y el mayor alfiler de hielo es, de pronto, un cuchillo.
Y, también de pronto, hoy ha sido casi invierno en esta ciudad de primavera eterna.
Viernes que ya es sábado. Manta azul en el sofá azul.
Mañana debería recoger, un poco más en serio, algunas cosas. Regar las plantas: pobres geráneos en mi terraza orientada al sur, que por ello inunda el sol en esta época del año, sol de invierno demasiado cercano a la Tierra, sol que quema. Tirar un puñado de periódicos usados, de ésos que ya sólo compro un par de veces por semana y que, a veces, ni siquiera leo del todo. Reciclar en 'base para maceta' esos ceniceros que, más que probablemente, ya no vuelva a necesitar para el fin del que recibieron nombre. Planchar esas camisetas, esa falda, guardar de una vez ese vestido de verano cuyos lunares blanco sobre turquesa me miran desde el respaldo de la silla y desde el mes de septiembre. Devolver al armario la almohada cuadrada auxiliar, inútil y casi huérfana desde hace casi dos meses y medio. Intentar ordenar cosas, ya que no soy capaz de ordenar mi vida.
Media hora ya de sábado en esta noche que siento como viernes, porque el sábado debe ser día y debe ser luz. Y es de noche y hay casi niebla.
Cuatro cafés, siete horas y media de trabajo, un libro que releo diez años después, mis uñas cortas sin pintar. Río madrileño de agua embalsada de cruzo día tras día en el tren de Cercanías, ida y vuelta. Imagen que veo desde la ventanilla arañada. Gaviotas que no me ven a mí.
Siete horas y media de viernes. Trasbordo de la línea nueve a la seis, siete menos cuarto de la tarde. Trasbordo, línea seis a la nueve, que hice de día durante tantos meses; algunas noches, de la nueve a la seis, en las estaciones de esta tarde. Línea nueve en el andén contrario. Probablemente pasen siglos antes de que vuelva a hacer este trasbordo.
No: sé que este mismo no volveré a hacerlo más. Las cosas pasan sólo una vez, la rutina es repetir algo que cada vez es único, pero de lo que el tedio nos hace no distinguir diferencias.
Evidencias.
Manta azul, sofá azul. Más de las doce y media de la noche de este viernes que ya es sábado.
Infusión de hierbas que me espera y, dicen, facilita el sueño. El café también es una infusión: dicen que quita el sueño..., no sé.
Sé que 'el sueño' no es ese tipo de 'sueños', ésos que yo quisiera tener esta noche. Pero..., qué más da. Sucedáneos. Sustitutivos.
Dormir. Trasbordo de la vigilia al sueño, de la rutina a la nada.
Infusión en la que no creo, pero que quiero usar como un billete de ida hacia el sueño. Dormirme antes de reaccionar y terminar, tan inútil como inevitablemente, llorando.




bird dijo
A veces una se pregunta para qué demonios sirve lo que una hace o está "obligada" a hacer para pagar el alquiler, y la factura de la luz, y la comida, y... en definitiva para sobrevivir. Pero supongo que la vida se trata de eso, de buscar algo que la justifique y que la haga valiosa, a pesar muchas veces de las circunstancias y de los demás. Besines.
28 Enero 2012 | 02:37 PM