Cerrando puertas, caminando hacia la nada.
Sé que lo más difícil, siempre y sobre todo en estos casos, es tomar la decisión. La decisión definitiva, ésa que ya no tendrá margen para el titubeo, para el cambio de ideas, para el margen de 'esperemos un poco más, a ver si...'. Sí, soy consciente de ello.
Pero ya está. La decisión ya está tomada, y ya no hay vuelta atrás. Esta vez no.
A veces..., no sé. A ratos sé que la decisión ya estaba tomada; simplemente, era un seguir esperando... por simple inercia. Ó, no: por miedo. Por ese miedo con el que ahora ya tengo que vivir. Con ese miedo que dejará de serlo cuando ya no sea eso, miedo. Cuando la realidad y las certezas lo llenen todo. Cuando no pueda seguir temiendo la incertidumbre, porque estaré de lleno en eso que ya conozco. Eso que se parece demasiado a lo que llaman infierno.
Ya está. Ya no hay vuelta atrás.
A partir de ahora, cada paso será uno más para alejarme. Y no, esta vez no voy a mirar atrás.
A ratos..., a veces, me he dicho que lo que viniese tras tomar la decisión no podría doler más de lo que ya dolían algunas cosas. Pero sé que es posible que duela más. Sé que dolerá más. Porque ya no me quedarán mentiras a las que agarrarme. Ya no quedará esperanza, ni siquiera ésa que sabía falsa. Ya no quedará un 'igual la semana que viene'...
Ya no quedará nada. De hecho, es que ya no queda nada.
Sé por lo que voy a pasar, pero ya no hay vuelta atrás. Sé lo que va a dolerme. Y también sé que no se dará cuenta nadie más. Es curioso: bajo determinados estados íntimos de ánimo es como mejor funciono 'de cara a la galería'. Como siempre, nadie sabrá nada.
Pero esta vez es que ya me da igual que se sepa ó que no. Simplemente sé que no se me notará nada... porque a estas alturas ya estoy acostumbrada a que sea así.
Sé que a partir de ahora lloraré sin posible consuelo cada noche y tendré que aguantarme las lágrimas en demasiados momentos, cada día. Pero, total, eso ya era tónica habitual desde hace semanas... y daba igual. Aunque no, no daba igual y no era como sé que será a partir de ahora. Porque a partir de ahora ya no quedará nada. Nada que esperar.
También sé que el deseo, ese deseo, seguirá visitándome cada día y cada noche. Y que sólo me quedará recordar... cuando ya no pueda más. Recordar porque ya no podré refugiarme en un futuro.
Mediados de febrero. Cierro puertas. Quemo puentes tras cruzarlos. Me rindo. No puedo más.
Se terminó lo que nunca debería haber dejado que empezase, aunque no sea capaz en lo que me pueda quedar de vida de arrepentirme de nada. De nada; absolutamente nada de esta historia que, una vez más, sólo me importó a mí.
Se terminó.
La decisión está tomada. Ahora sólo me queda redactar por fin el email ése que aplacé tantas veces... deseando que nunca tuviese que escribir. Y que tanto, tanto y tanto me va a costar. Tanto, que ni siquiera sé cuando seré capaz de enviar.
La última carta. La de despedida.
Y luego..., luego ya nada. La nada.
Y, probablemente, esto también se lleve por delante el futuro de este blog. Pero eso, a estas alturas, ya no tiene la menor importancia.



